No quería volver a empezar una
relación para ver cómo se desarrollaban
las cosas, no quería más falsas
esperanzas y años de indecisión...
—No —respondió él sacudiendo la
cabeza—. Eres mi esposa y quiero que
sigas siéndolo, pero me doy cuenta de
que no lo ves tan claro como lo veías
anoche, cuando accediste a casarte
conmigo, y sé que lo que te estoy
pidiendo no es fácil. Pero confío en que
tú también llegarás a la conclusión de
que este matrimonio no es un error si le
das un poco de tiempo. Lo que te estoy
proponiendo es un periodo de prueba:
dame tres meses. Si pasados esos tres
meses piensas que no nos
compenetramos te daré el divorcio y
podrás retomar lo que habías planeado.
Y entretanto hacemos como si ya
hubiéramos decidido que esto es lo que
queremos: te vienes a vivir conmigo...
como mi esposa.
Paula se notaba la garganta seca y el
corazón le palpitaba con fuerza. Lo que
Pedro estaba sugiriendo era una locura.
—¿Y qué harías, presentarme a tus
amigos y a tus socios? ¿Y si al final no
me siento feliz y te digo que quiero
marcharme?
—Te dejaré marchar. Solo te estoy
pidiendo que le des una oportunidad a
nuestro matrimonio, no que te encierres
en una prisión de la que no podrás salir.
Además, estoy seguro de que eso no
ocurrirá.
Paula lo miró vacilante; las dudas
pesaban demasiado.
—No sé, Pedro. Es que ahora por
fin había encontrado una manera de ser
feliz. Ya sé que crees que porque el
amor no entra en la ecuación de este
matrimonio no fracasará, pero yo no
puedo volver a depositar mi fe en
alguien para luego acabar defraudada; lo
siento. Duele demasiado cuando eso
pasa.
—¿Y no crees que, si te equivocas,
solo por la recompensa habrá merecido
la pena correr el riesgo?
—No lo sé. Y quizá eso debería
decirnos algo a los dos —murmuró ella.
Los ojos de Pedro relampaguearon.
—Sí, ya lo creo que sí —dijo—. A
mí me dice que en vez de esperar,
creyendo que recordarías, debería haber
hecho esto.
Y antes de que ella pudiera siquiera
parpadear la atrajo hacia sí y la besó.
Paula había levantado las manos en un
gesto automático de defensa, y habían
quedado atrapadas entre los dos,
apretadas contra el pecho de Pedro.
Aquel beso fue aún mejor de lo que
había imaginado que debían ser sus
besos. Fue tan increíble que sintió que,
aunque quería resistirse, su resistencia
se estaba evaporando poco a poco. Una
de las manos de él descendió de su
hombro a la cintura y los dedos de la
otra se enredaron en su cabello.
Paula entreabrió los labios y rozó
vacilante la lengua de Pedro con la
suya. Él no necesitó más, y con un
gruñido de satisfacción respondió con
ardor, enroscando su lengua con la de
ella con movimientos que emulaban al
acto sexual.
Aquello era demasiado intenso,
demasiado excitante, y Paula se
encontró apretándose contra él al tiempo
que él la apretaba contra sí. Era
demasiado pero a la vez no era
suficiente. Para ninguno de los dos.
Las manos de Pedro asieron sus
nalgas y las masajearon. Luego una de
ellas se deslizó por la parte posterior
del muslo y le levantó la pierna para
colocarla en torno a la suya. Pedro
empujó las caderas hacia delante para
que pudiera sentir su miembro en
erección contra su vientre y los duros
músculos del muslo que había
introducido entre sus piernas.
Paula sabía que aquello no era una
buena idea, pero no le importaba, no
podía parar... Los labios de Pedro, que
estaban devorando los suyos,
descendieron por la mandíbula para
besarla sensualmente en el cuello.
Paula echó la cabeza hacia atrás,
extasiada, mientras desabrochaba
torpemente la camisa de Pedro.
—Paula, Paula... —jadeó él entre
beso y beso contra su piel caliente—.
Nena, no sabes lo increíble que va a ser
esto... Dime que tú también quieres que
lo hagamos.
—Sí... —gimió ella—. Sí... sí, por
favor...
Pedro estaba moviendo el muslo que
tenía entre sus piernas, levantándole la
falda del vestido, y la fricción la estaba
volviendo loca.
—Dime que sí... —susurró contra sus
labios—, dime que aceptas mi
proposición...
Aquel no era momento para discutir,
pensó Paula irritada; no era momento
de hablar de nada.
—Luego... Por favor, dejemos eso
para luego...
Pedro dobló un poco las rodillas
para que al apretarse de nuevo contra
ella Paula notase la punta de su
miembro erecto a través de sus
braguitas. Paula jadeó, sintiendo que
una ola de calor se expandía por su
vientre, y estrujó el corto cabello de él
con las manos.
—Dime que te vendrás mañana a casa
conmigo... —la instó él una vez más.
—Pedro, por favor... —le suplicó
ella. Estaba ardiendo, estaba en llamas.
—No sabes cuánto me gusta oírte
decir eso —murmuró Pedro contra sus
labios entreabiertos—. Y no sabes
cuánto estoy deseando oírte decírmelo al
oído mientras te penetro, hundiéndome
en tu cuerpo... —las eróticas imágenes
que evocaban sus palabras arrancaron
un gemido de la garganta de ella—,
haciendo que el placer sea mayor con
cada embestida... hasta que alcances el
éxtasis entre mis brazos.
—Sí... —ya estaba a punto de
alcanzarlo.
—¿Sí qué, Paula? —le preguntó
Pedro, cuya mano estaba subiendo y
bajando por la curva de su trasero—. Ya
sabes lo que quiero oír.
Un momento, ¿qué...?
—¿Estás... chantajeándome... con sexo?
Qué diablos haces? —exigió saber
Paula, poniendo los brazos en jarras y
mirándolo como si quisiera fulminarlo
con la mirada.
Pedro, que estaba frente a ella en el
ascensor, tomó una foto con su teléfono
móvil y volvió a guardarlo en el bolsillo
de su chaqueta. Habían ido al hotel de
Paula para recoger sus cosas e irse al
de él.
—Documentar nuestra primera pelea.
Por un momento, Paula se quedó
aturdida, balbuceando algo ininteligible,
y él no pudo evitar sonreír divertido,
pero luego, en un instante, su enfado
volvió y le espetó en un tono gélido:
—Todavía no puedo creer que hayas
hecho eso.
—Vamos, es para nuestro álbum de
recuerdos.
—Sabes muy bien que no me refiero a
eso —contestó ella—. Teníamos un
trato. Claro que a lo mejor lo olvidaste
—añadió con retintín—. O a lo mejor no
se ajustaba a lo que tú querías y
simplemente cambiaste de opinión, ¿no?
Habían llegado a la planta inferior y
las puertas se abrieron silenciosamente.
—Lo segundo, desde luego —
respondió él con una sonrisa traviesa
mientras salían.
Paula volvió a lanzarle una mirada
furiosa, pero no dijo nada. Tomaron un
taxi para ir al hotel de Pedro, y una vez
estuvieron en su suite se volvió hacia él
como un torbellino y le espetó:
—Me lo prometiste.
Cierto, lo había hecho, pero las
circunstancias no habían sido las
esperadas, y no había tenido más
remedio que ponerle los puntos sobre
las íes a su prima y compañía. Se cruzó
de brazos y le preguntó:
—¿No oíste lo que estaban diciendo
de ti? No iba a dejar que esas víboras
traicioneras...
Paula levantó una mano para
interrumpirlo.
—Me da igual lo que dijeran. Lo que
me importa es lo que tú me habías
prometido. Me preocupa lo que
verdaderamente tiene un valor, aquello
en lo que puedo creer.
Pedro, que no estaba dispuesto a
ceder, le sostuvo la mirada.
—Puedes creer que cuando nos
casamos juré honrarte, respetarte... y
protegerte todos los días de mi vida.
Paula parpadeó, y por un instante se
quedó sin palabras.
—Y cuando pronuncié esos votos lo
hice dispuesto a cumplirlos. No soy la
clase de hombre que se queda a un lado
titubeando mientras se meten con su
esposa. Esta noche habría querido hacer
lo que me pediste, Paula, y pensaba
hacerlo, pero entre cumplir mi promesa
para no estropearle la boda a tu prima, y
romperla para protegerte, no tuve dudas
en hacer lo segundo. Siempre te
antepondré a todo lo demás.
—Oh —musitó ella.
Tragó saliva para intentar deshacer el
nudo de emoción que se le había hecho
en la garganta. No podía dejar que unas
pocas palabras la volvieran tan
vulnerable.
Pedro fue hasta ella y la atrajo hacia
sí, apretándola contra su pecho.
—Perdona que rompiera mi promesa,
pero no me mantendré al margen si veo a
alguien haciéndote daño.
—Habría podido yo sola con ello —
le respondió ella. Como había hecho
durante toda su vida.
—Pero ¿por qué ibas a tener que
aguantar algo así?
—Porque Gabriela se merecía ser la
protagonista del día —reiteró ella. ¡Y él
le había prometido que así sería!
—Sí, pero tú también —Pedro tomó
su rostro entre ambas manos e hizo que
lo mirara—. Solo porque no recuerdes
nuestra boda no significa que no cuente.
Todo lo que estaba diciendo Pedro
parecía tener tanto sentido que estaba
sintiéndose tentada de confiar en él
como le había pedido y dar ese salto de
fe, pero no podía ignorar el profundo
abismo que se extendía a sus pies.
Escrutó los ojos de Pedro y le hizo
la pregunta en la que confluían todos sus
miedos y su reticencia.
—¿Y si seguimos adelante con este
matrimonio y al cabo de un tiempo ya no
te parece tan buena idea?
—Esa es la cuestión, Paula: eso no
va a pasar —Pedro se apretó el puente
de la nariz con el índice y el pulgar y
dejó escapar un suspiro—. El
compromiso es algo muy importante
para mí. Quiero algo duradero —la
expresión de sus ojos cambió de
repente. Por un momento se volvió
distante antes de tornarse intensa de
nuevo—. Quizá si nos diéramos un poco
más de tiempo...
—¿Te refieres a que salgamos? —
inquirió ella, que tenía muy claro que a
eso no iba a jugar.
Josefina asintió y sofia, que alzó la
mirada en ese momento, la vio y se rio
por la nariz. Paula cerró los ojos e
inspiró profundamente, intentando
calmarse.
Pedro y ella ya llevaban allí más
tiempo del necesario, se dijo; podían
marcharse. O quizá él no dijera nada y
pudieran dejarlo correr.
Cuando abrió los ojos Pedro estaba
a su lado. Le rodeó la cintura con el
brazo y la miró fijamente antes de
inclinar la cabeza y decirle al oído:
—Deja que me ocupe yo.
Cuando Pedro bajó la mano a su
trasero y la besó en el cuello, Paula dio
un ligero respingo y puso los ojos como
platos, pero luego comprendió qué
estaba haciendo. Quería que su prima y
sus amigas lo vieran. Y su ardid tuvo el
efecto deseado, porque las tres se
miraron como sorprendidas.
Pedro se irguió, le dirigió una
sonrisa y la tomó de la mano para
llevarla hasta la mesa.
—Bueno, Paula y yo nos vamos a ir
yendo ya —anunció.
Gabriela, Sofia y Josefina lanzaron gemidos
de indignación.
—Ni hablar, tienen que quedarse un
poco más —protestó Gabriela—. No me
pueden negar ese capricho; es mi día. Es
prerrogativa de la novia.
Pedro, con una mano en la cintura de
Paula, y la otra en el bolsillo del
pantalón, esbozó una media sonrisa que
era más bien una advertencia de que no
le tocara las narices.
—Prerrogativa de la novia... —
murmuró—. Claro, ¿cómo no?
Paula debería haberse dado cuenta
de lo que pretendía, pero no cayó en la
cuenta hasta que Pedro sacó la mano
del bolsillo y vio lo que tenía en ella y
sintió que el alma se le caía a los pies.
—Paula —le dijo con una sonrisa de
adoración y un brillo obstinado en los
ojos—. Sé que querías que esperemos
para darles la noticia, pero yo ya no
puedo esperar más, ni un solo segundo.
Paula estaba demasiado aturdida
para reaccionar cuando Pedro deslizó
el anillo en su dedo y alzó su mano para
que todos la vieran.
—Sé que les parecerá algo repentino,
pero no podía dejar escapar a esta mujer
—les dijo.
Los ojos llorosos de Gabriela pasaron de
su anillo al de Paula.
—¿Te has casado? —le dijo con una
mezcla de incredulidad e indignación—.
¿En el día de mi boda?
Paula intentó pensar qué decir, o qué
disculpa podía darle, pero no se le
ocurría nada, y cuando abrió la boca de
repente los brazos de Pedro la
rodearon desde atrás, dejándola sin
aliento.
—Por supuesto que no —respondió él
—, nos casamos anoche, de madrugada.
Sofia y Josefina se miraron una a otra y
sacudieron la cabeza, como si no
pudieran creer que aquello estuviera
ocurriendo.
—Y sé que es temprano —continuó
Pedro—, pero los dos estamos
deseando marcharnos para seguir con
nuestra luna de miel, así que si nos
disculpan... —y con todos mirando alzó
a Paula en volandas—. Ah, le he dicho
al camarero que las copas corren de mi
cuenta. Gabriela, Roberto: enhorabuena de
nuevo; que sean muy felices.
—Quiero decir que... —continuó—.
Bueno, Paula te pescó anoche, sí, pero
¿cómo es que no has roto ya el sedal y
has desaparecido? Es lo que hacen
todos los hombres.
Paula no habría sabido decir si
estaba flirteando con él o solo
bromeando, pero desde luego no tenía
ningún tacto.
Pedro, que estaba sentado junto a
ella, le pasó el brazo por encima de los
hombros.
—Este pez no —respondió—. Paula
es increíble y espero que nuestra
relación prosiga por mucho tiempo.
Sofia se inclinó hacia delante,
exhibiendo sus atributos.
—¿Relación?
Paula sintió que le ardían las
mejillas cuando todas las miradas se
posaron en la mano de Pedro, cuyo
pulgar estaba dibujando arabescos en su
hombro. Durante toda la velada se había
mostrado simplemente atento con ella,
en un esfuerzo por respetar sus deseos y
mantener en secreto su matrimonio. Sin
embargo, la clase de preguntas que le
estaban haciendo Sofia y Josefina podían
acabar llevándoles a averiguar la
verdad.
Los ojos de la astuta Sofia los miraron
a uno y a otro un par de veces y soltó
una risa despectiva.
—¡Oh, por favor, Paula, dime que no
lo has hecho!
El corazón le dio un vuelco a Paula.
De algún modo Sofia se había dado
cuenta de lo que estaban ocultándoles.
Gabriela, que estaba mirándola expectante
como los demás, nunca la perdonaría.
—¡No me digas que has hecho otro
amigo!
Sofia pronunció la última palabra con
tal desdén que Paula se dio cuenta de
que no la había descubierto. Aliviada,
esbozó una sonrisa forzada.
—¿A qué te refieres? —inquirió
Pedro.
Había empleado un tono casual, pero
aún así Paula advirtió cierta hostilidad
en su voz, y no le gustó nada la media
sonrisa que había en sus labios cuando
giró la cabeza para mirarlo.
—No es nada,Pedro —le dijo, con
la esperanza de que viera en sus ojos la
súplica de que lo dejara estar. La
súplica y la promesa de que se lo
explicaría más tarde, cuando ya no
estuviesen allí—. ¿Sabes qué? Me
muero por otra tónica. ¿Me acompañas a
la barra?
Pedro esbozó una sonrisa, esa vez
de verdad, se puso de pie y le tendió la
mano.
—¿Qué tal si antes bailamos un poco?
Paula no tuvo siquiera tiempo de
contestar, y de repente se encontró en
medio de la pista con él, rodeada de
gente. Pedro la asió por la cintura con
ambas manos para atraerla hacia sí, y la
condujo al ritmo de la música, rozando
sus muslos contra los de ella. Exudaba
sensualidad y confianza en sí mismo, y
al cabo de unos minutos Paula se
encontraba de nuevo en ese estado a
medio camino entre la risa tonta y el
deseo, y se olvidó por completo de
Josefina y de Sofia.
Pedro le dio las gracias al camarero,
tomó el vaso de tónica con hielo que
Paula le había pedido, y miró con
aprehensión la mesa del grupo como un
hombre a punto de encaminarse al
patíbulo.
Paula aún estaba en el servicio, y
parecería un pervertido si se fuera a
esperarla delante de la puerta, así que
hizo de tripas corazón y se dirigió de
vuelta a la mesa, preparándose
mentalmente para desviar las preguntas
que le hicieran sobre sus finanzas, el
valor de su empresa, Industrias Alfonso, o
si Paula había conseguido hacerse con
parte de su esperma.
Estaba deseando salir de allí para
poder tener a Paula para él solo, y para
perder de vista a Sofia, a Josefina, y hasta a
Gabriela, que estaban acabando con su
paciencia. Por la capacidad que tenía
Paula para que le resbalaran sus burlas
y sus chistes, le daba la impresión de
que debía haberla adquirido a base de
práctica, y no le gustaba pensar que la
trataban habitualmente de ese modo.
Mientras iba hacia la mesa vio que
Roberto y sus dos testigos seguían
conversando entre ellos, y que Gabriela se
había quitado los zapatos y tenía puestos
los pies en su asiento, dejando
únicamente libre la silla de Paula, junto
a Sofia y Josefina. ¿Sentarse al lado de
aquellas dos chismosas? No, gracias.
Por eso finalmente optó por quedarse a
unos pasos a espaldas del grupo,
observando a la gente que bailaba
mientras esperaba a Paula.
Las desagradable risas de Sofia y
Josefina lo hicieron contraer el rostro.
—¡Pero mira que son malas!
Pedro no quería ni saber de qué
estaban hablando, pero a pesar del
volumen de la música, como no estaba
muy lejos y ellas estaban hablando a
gritos para oírse, no pudo evitar oír su
conversación.
—Oh, vamos, es que es patético —
estaba diciendo Sofia.
—Paula es incapaz de conseguir
mantener a un hombre a su lado —
intervino Josefina.
Eso le hizo girar la cabeza. No se
habían dado cuenta de que estaba detrás
de ellas, y otra vez estaban hablando de
su esposa, de la mujer que había
discutido con él para que respetase ese
día no haciéndole sombra a la novia con
la noticia de que se habían casado.
—No sé a quién cree que engaña con
este —dijo Sofia—. Estoy segura de que
igual que con todos los demás solo
acabará siendo su amigo y de que ha
venido por hacerle el favor.
Probablemente para que la dejáramos
tranquila.
Gabriela levantó una mano para
interrumpirlas. Bueno, menos mal, por
fin su prima iba a mostrar algo de
lealtad hacia Paula, pensó. Sin
embargo, cuando empezó a hablar le
hirvió la sangre en las venas.
Los pasos de Paula se volvieron
vacilantes mientras se acercaba a la
mesa.
—...y todos dicen, como este hombre, que
Paula es increíble, pero no lo será tanto
para que acaben huyendo de ella.
Paula se quedó espantada al oír a
Gabriela hablando así de ella con Pedro de
pie detrás, a solo unos pasos de ellas. Él
también lo había oído; lo sabía por la
rigidez de su postura, por la mandíbula y
los puños apretados, como si estuviera
haciendo un esfuerzo por contenerse.
Sería tan fácil darle lo que quería,
pensó ella, darle lo que en cierto modo
ella quería también. Podría dejar que
volviera a ponerle el anillo y ceder a la
tentación, pero aquello podía tener
resultados desastrosos.
—Espera —se obligó a decir
finalmente.
Pedro sonrió divertido.
—¿Nerviosa? Te prometo que lo haré
con suavidad —bromeó—. No soy un
principiante.
Paula agradeció su sentido del
humor, que logró quitar tensión al
momento.
—No puedo seguir con esto —le dijo
—, no creo que sea una buena idea.
—¿Por qué no? Ya estamos casados
—continuó él con la broma,
acariciándole la yema del dedo con el
anillo—. Tú también lo deseas; lo sé.
Una parte de ella sí quería darle una
oportunidad, pero había otra que sabía
que en la práctica el llevar ese anillo
equivaldría a renunciar a sus planes, a la
sensación de tener el control sobre su
futuro.
Pedro estaba observándola,
estudiando cada minúscula reacción: el
rubor de sus mejillas, su pestañeo
nervioso, su vacilación...
Puso una mano en su pecho desnudo.
Era cálido y firme al tacto, y de nuevo
se sintió tentada de dejarse llevar, pero
ella no era así, y esperaba que él lo
entendiese.
—No estoy preparada. No estoy
segura de poder darte lo que me estás
pidiendo.
Pedro asintió.
—Póntelo de todos modos —le dijo
—. Aún eres mi esposa; ¿por qué no
aprovechas y pruebas todo el lote para
ver cómo te sientes en ese papel?
Paula bajó la vista al reluciente
anillo de diamantes. Era sencillamente
exquisito; no había visto ningún otro que
pudiera comparársele.
Tragó saliva y alzó de nuevo la vista
hacia Pedro, que aguardaba su
respuesta. Al ver la mirada posesiva en
sus ojos estuvo tentada una vez más de
ceder, pero no podía hacerlo.
—Creo que será mejor que no —
respondió, intentando que su tono sonara
tan despreocupado como el de él—. Y
respecto a lo de que estamos casados y
todo eso... estaba pensando que no
tenemos por qué mencionarlo en la boda
de mi prima. Mejor dejar que piensen
que soy una chica fácil y algo ligera de
cascos.
Pedro tragó saliva y se quedó muy
quieto.
—De modo que no quieres que lo
sepan —murmuró.
—Preferiría que no.
Pedro se quitó de encima de ella y
volvió a guardarse el anillo. Paula se
bajó de la cama y fue hasta el espejo de
pie para comprobar que no se hubiera
estropeado el peinado.
—Creía que no te gustaba mentir.
De todas las cualidades que había
visto en Paula la noche anterior,
aquella era la que más apreciaba. La
honestidad era algo muy importante para
él.
Paula se volvió y lo miró con una
ceja enarcada.
—Y no me gusta, pero eso no
significa que vaya por ahí anunciando a
los cuatro vientos cada detalle sobre mi
vida sin necesidad. Preferiría que no lo
mencionases.
Una mentira por omisión. Resultaba
irónico, porque su propia existencia
había sido una mentira por omisión
durante los primeros diez años de su
vida. Al crecer se había jurado a sí
mismo que ninguna mentira volvería a
enturbiarla, y sin embargo, allí estaba,
casado con una mujer que quería
mantener su matrimonio en secreto,
como si fuese algo de lo que tuviera que
avergonzarse.
—Te dije que la sinceridad es
importante para mí; hemos hablado de
ello esta misma mañana.
—Pedro... —le dijo Paula en un
tono irritado, como si fuese a ella a
quien no le gustase la conversación que
estaban teniendo—. Vamos a la boda de
mi prima, y aunque no estemos muy
unidas, si me presento con tu anillo en el
dedo, nadie le restaré protagonismo. No
puedo hacerle eso. Lo siento, pero
espero que lo comprendas y que lo
respetes.
Al oír su respuesta, Pedro sintió que
su tensión se desvanecía y alzó la vista
hacia ella.
—¿No quieres ocultárselo porque te
avergüenza?
Paula ladeó la cabeza, como si no
estuviera segura de haber oído lo que
había oído.
—¿Por qué iba a avergonzarme? ¡Ah,
ya, claro! Porque eres un hombre feo e
insufrible —contestó con ironía.
Pedro se rio aliviado.
—Algo así.
Paula esbozó una pequeña sonrisa y
se quedó mirándolo pensativa.
—Bueno, si quieres que te sea
completamente sincera, un poco
avergonzada sí que estoy: he tomado una
de las decisiones más importantes de mi
vida estando tan borracha que ni
siquiera lo recuerdo. Claro que tampoco
me engaño creyendo que vamos a poder
mantenerlo en secreto mucho tiempo,
porque en cuanto se lo haya dicho a mi
madre se lo contará a todo el mundo. Y
ese es el motivo por el que no la he
llamado todavía.
—Puede que sea mejor que no se lo
digas todavía. ¿Y si al final decidimos
divorciarnos?
Paula se rio.
—Aunque sé que no sería capaz de
guardar un secreto, siempre se lo cuento
todo. La llamaré cuando el fin de
semana haya acabado y yo haya vuelto a
casa. Y sé que en cuanto cuelgue
empezará a difundirlo a los cuatro
vientos —cerró los ojos un instante e
inspiró—. Te aseguro que mi familia me
lo recordará el resto de mis días aunque
nos divorciemos.
—¿Y no te molesta que haga eso?
Paula suspiró.
—Sí, pero ya he aceptado que no
puedo cambiar ni a mi madre ni a mi
familia —respondió—. ¿Me prometes
que no mencionarás en la boda que
estamos casados?
Pedro frunció los labios, pero
finalmente claudicó.
—Está bien, te lo prometo.
La boda transcurrió sin problemas.
Gabriela y Roberto se dieron el «sí quiero» en
una capilla no muy distinta, según
Pedro, a la capilla en la que ellos se
habían casado la noche anterior.
Pronunciaron sus votos, intercambiaron
los anillos, y sellaron su unión con un
beso.
Fue una ceremonia preciosa, y Paula
no dejó que se la estropearan Josefina y
Sofia, que habían estado burlándose de
su falta de experiencia por haber
alargado un ligue de una noche hasta el
día siguiente.
Se había preparado mentalmente
porque sabía que iban a provocarla y
divertirse a su costa; ya le había
advertido a Pedro de que lo harían. Lo
que no se había esperado era lo
protector que su recién estrenado marido
iba a mostrarse con ella. Ni que fuera a
ser capaz de estropear cada chiste del
dúo. Aun así, Sofia y Josefina insistían.
—Bueno, Pedro, y ahora en serio:
¿qué estás haciendo aquí? —le preguntó
Josefina a gritos.
Si no, no la habría oído con lo alta
que estaba la música del club nocturno
al que todos habían ido a bailar después
del banquete.